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LA MADRE DE TODOS

Estamos a punto de emitir voto presidencial, y se percibe a muchos que lo harán desde el estómago, el miedo y la desesperación, no desde la razón. Ya nadie recuerda el sacrificio extremo de quienes libertaron la Patria. No los recuerdan, ni a ellos, ni sus principios, recordarlos es sinónimo de vergüenza de si mismos y su proceder. Olvidan que por la grandeza de la Patria, no hay nada que se deba pedir perdón y todo por dar.

OPINIÓN 09 de noviembre de 2023 Valerio Meridio Valerio Meridio
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Maria Remedios del Valle, la Madre de la Patria. Imagen digital de Ramiro Ghigliazza .

Pasó algo que me decidió a tocar el tema. Algunos suertudos nos reunimos bajo una gran arboleda a cumplir con el hoy siempre caro ritual del asado. Truco, risas, anécdotas, chanzas de entrada a los boquenses. Hasta que, imposible evitarlo, sale a la palestra el tema político. Prohibido está el tema político, religioso o futbolístico. Hoy parecen olvidarlo.

Nadie toma responsabilidad cívica, todos en conjunto están de acuerdo que toda la crisis solo es responsabilidad de los gobernantes, como si la sociedad no fuera votante o no pudiera reclamarle faltas y delitos. Craso error, la libertad, el progreso y bienestar de nuestra sociedad, depende pura y exclusivamente de nuestro constante estado de alerta y vigilancia de nuestros gobernantes, no existe otro modo. En definitiva, quieres un buen futuro, haz respetar la ley, a todos. De lo contrario, con solo decir una mentira asustan al débil de carácter, cambiando el el voto y más de lo mismo. Me recuerda la anécdota de la mujer golpeada y su marido, en la comisaría, prometiéndole que esta vez va a a ser distinto.

Poniendo cara de circunstancias, llamé la atención de la mesa mientras les decía que lloran mientras disfrutan  del sacrificio de otros, y sabiendo que varios quedarían en el aire, agregué y ya va a ser 8. Solo que la mayoría no entendió la alegoría. Y hete aquí que me encuentro escribiendo del tema que todos deberían conocer y honrar,  la historia de la negra María, la Madre de la Patria, nuestra madre

El objetivo principal del 8 de noviembre es reconocer el componente afro en la cultura nacional, a través de estrategias para impulsar la participación de los afrodescendientes y africanos en todos los aspectos de la vida sociocultural.  

La fecha homenajea a María Remedios del Valle, quién habiendo combatido en el Ejército del Norte, fue nombrada capitana por el general Manuel Belgrano. Un 8 de noviembre de 1847, murió María Remedios del Valle, la Madre de la Patria.

Nace un día desconocido, de un año incierto. Tal vez haya sido 1766, o quizás 1767. Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí conocemos, es que era porteña, nacida en la Ciudad de Buenos Aires. Era negra como la noche misma. Tal vez nacida esclava, aunque la historia no lo registra. Y si nació con dueño, tampoco sabemos cómo consiguió su libertad.

Se llamaba María Remedios del Valle. El primer registro histórico que existe de ella, fue cuando combatió contra el inglés, aquella vez que los gringos se quisieron quedar con la ciudad que la había visto nacer. ¡Pobres diablos! Allá fue María, a echarlos a balazos ¡Están perdidos, huyan perros!

Cuando el Pueblo de Mayo gritó ¡Revolución!, allí estaba María, preparada para la acción. Marchó al norte, junto a su marido, y sus dos hijos, como parte de la Primera Expedición al Alto Perú. Los continuos reveses de aquella fatídica cruzada, hizo que se quedara sola, al morir los hombres de su familia.

Cuando llegó Manuel Belgrano, se presentó delante de él, y pidió ser incorporada. Manuel era reacio a la participación de las mujeres en la milicia, y le negó el pedido. Pero pronto, el destino le brindó la oportunidad para demostrar su compromiso con la causa revolucionaria.

“Tucumán” se llamó aquella batalla, en donde desobedeciendo las ordenes de Belgrano, María se metió entre la balacera, ayudando a los heridos, dando su pecho materno para que algún moribundo partiese, y alentando a los combatientes.

Y ya formando parte del Ejército del Norte, acompañó al General hasta la gloriosa jornada de “Salta”, y luego más allá, al Alto Perú. Supo ser de los inmortales derrotados en “Vilcapugio”. Y supo también ser integrante de aquel trío de mujeres, que bajo las balas realistas, acompañaron a los soldados patriotas en la “Batalla de Ayohuma”, y que pasaron a la historia como “Las Niñas de Ayohuma”.

Fue herida en combate, y tomada prisionera por los hombres del Rey: Su osadía de levantar las armas en contra de Fernando VII, sumada a su condición de mujer, le valieron el castigo de ser azotada impiadosamente durante nueve días. Su cuerpo moreno llevaría por siempre las marcas de aquel castigo cruel.

Pudo escapar de su encierro, y como no podía ser de otra manera, volvió a sumarse a la lucha emancipadora, esta vez al lado del gaucho inmortal, Don Martín Miguel de Güemes. Hasta que un buen día, la Guerra de Independencia terminó. Y así María partió hacia la lejana Buenos Aires, cargada de gloria y muchas cicatrices.

Dicen que se afincó en un rancho mísero, en las afueras de la ciudad. Dicen que frecuentaba los atrios de las principales iglesias porteñas, vendiendo pastelitos, tortas fritas o empanadas, para así poder matar el hambre que la miseria le imponía.

Dicen que a quien quisiera escucharla, le contaba de sus batallas y combates, en un tiempo ya lejano, en donde supo defender las armas de la Patria. Se hacía llamar la “Capitana”, aunque para decir la verdad, casi todos solamente la tomaban como una pobre vieja senil y desvariada. Pidió que se la pensionara, en honor a sus viejas luchas. Pero el Estado le dijo que no.

Ya sexagenaria, el General Juan José Viamonte la encontró casi de casualidad, mendigando en una calle de Buenos Aires, y preguntándole su nombre, la reconoció. Viamonte hizo un pedido a la Junta de Representantes de la Provincia de Buenos Aires, solicitando una pensión para la anciana Capitana, Guerrera de la Independencia. Luego de muchas idas y vueltas, la Junta decidió otorgarle una pensión muy exigua, apenas de treinta pesos, que a duras penas podía ayudar en su miseria a la gloriosa madre negra.

Ya en sus años finales, la suerte de María Remedios del Valle, fue cambiando poco a poco. Era el momento del reconocimiento. Fue ascendida a Sargento Mayor de Caballería (grado hoy día inexistente, pero equivalente al actual Teniente Coronel).

Juan Manuel de Rosas fue el último que supo rescatar los sacrificios de tan noble mujer. Le reconoció su grado, la colocó en la planta activa del Ejército, y le aumentó considerablemente el sueldo.
Ella, en gratitud, adoptó el apellido Rosas.

María Remedios del Valle, esa parda gloriosa, murió anónimamente un 8 noviembre de 1847. Mujer de cuna pobre, supo ganarse un lugar entre los Próceres que hicieron grande esta Nación. Su condición de mujer, y mucho menos el color de su piel, no fueron impedimentos para que ella conquistara el respeto de los soldados junto a los que combatió. La trataron como una igual, ganándose ese lugar con coraje y sacrificio.

Sólo cuando existe un corazón generoso y desinteresado, se puede llegar hasta donde llegó María.
Ella supo de qué se trataba aquella lucha heroica, y quiso ser partícipe voluntaria. Ella entendió que era el parto doloroso de una Nueva Nación en la faz de la Tierra, y no quiso ser menos, que la Madre de la Patria.

Carlos Lamadrid, secretario de la Asociación de Afroargentinos Misibamba -entidad que nuclea a afroargentinos del tronco colonial-, considera muy importante conmemorar este día “porque es reconocer dentro de la historia argentina, un día especial dedicado a aquellos que trajeron esclavizados, y sin embargo, se identificaron con este país y lucharon por su independencia”. En este punto, no quisiera agregar porque ya no existe la raza negra en el país, muchos gobernantes que están en el bronce lo harían horrorizar.

A Ud. no se le pide que accione como nuestra negra Madre. Tampoco se le pide que sea como su jefe, que por todos es conocida la historia de Belgrano muriendo en la mas abyecta pobreza, luego de haber donado todo en bien del futuro de la Patria. No, no tenemos la grandeza ni el alma de ellos, sólo se le recuerda que tiene un deber,  es el eterno control de nuestros gobernantes, exigir  pena de sus culpas. Ya ve donde nos trajo nuestra falta de compromiso.

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