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Matungos de novela en el Paraná Guazú

Una pesca orillera que apasiona y paga bien si estamos dispuestos a cambiar para ganar. Se vienen dos meses clave por delante.

AIRE LIBRE 31 de julio de 2022 CIUDAD24 CIUDAD24
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Las primeras horas deben aprovecharse al máximo, pues suelen ser las de intensa actividad en las flechas de plata. Luego del mediodía, por lo general hay menos pique.

Esas mañanas frías que enrojecen la punta de las narices, encuentran a la salida del sol a una verdadera legión de pescadores que –como bultos animados– transitan desde el amanecer los tablones de esos hermosos muelles paralelos al gran río Paraná, con la vista fija en el agua. Allí, sus líneas, flotando unos pasos adelante en diagonal, de repente pierden la alineación, sale disparada una boya y la superficie ve romperse su espejo bajo la neblina baja, y estalla en un chapoteo ruidoso al concretarse la clavada. Esa emoción plena que cautiva legiones es la que se vive en los muelles y recreos del Paraná Guazú, vedettes de la pesca orillera por estos días y por los próximos dos meses.

Al fin llegó el momento esperado, esa campana de largada tan ansiada por una legión de aficionados que aman las caminatas, algunos con delantal, siguiendo las boyas a la deriva. Es que tal vez esta pesca no tenga los rindes de una buena jornada embarcados, pero las capturas en esta modalidad caminando se viven de otra manera. El pescador pone mucho de sí en cada faena, con notables diferencias de cosechas entre pescadores avezados y principiantes o haraganes en un mismo muelle y a una misma hora, usando la misma carnada.

Prueba de ello fue nuestra visita al Paraná Guazú, recreo de la Asociación Argentina de Pesca, donde tuvimos que ir variando estrategias, elementos y engaños para ir dando cuenta de pejerreyes que iban cambiando su comportamiento constantemente: a veces tomaban cerca, en otras muy lejos, pasaban de preferir el cebo vivo al filet, subían o bajaban centímetros respecto de la superficie, distancia vital para dar con ellos, lo que nos obligaba a cambiar brazoladas. En fin, como dijimos, una pesca donde trabajar tiene premio y nos compromete a ir preparados para afrontar variantes.

Como siempre ocurre, ningún día es igual al otro y las pasadas son variables entre la orilla entrerriana (más caudalosa y rápida) y la bonaerense (de corriente más lenta, con más bancos), tanto en rinde como en calidad. Veníamos a recibir noticias de matungos de novela en camping Vidal, pero en nuestra visita optamos por un pesquero del lado bonaerense que entendíamos que nos iba a dar más cantidad que tamaño. Y no nos equivocamos, pese a haber metido algunas piezas muy interesantes que entrarían en la categoría de matunguito. 

La yapa
Llegar al muelle del anexo Guazú de la Asociación Argentina de Pesca (AAP), uno de los tantos clubes (como Pescadores, como el Club Guazú, etc.) que tienen muelles cercanos al segundo puente en la costa de este maravilloso río, y encontrarnos con un viernes en que ¡no había nadie!, situación que se prolongó toda la mañana.

Con mi compañero Tony Moriano vimos de entrada que dependeríamos entonces de nuestra propia fortuna y pericia, ya que no habría otro parámetro de referencia. La ventaja: se haría más lenta la clásica rotación, norma de etiqueta que deben respetar los aficionados al llegar a la punta del muelle, momento en que tienen que recoger su línea e iniciar la caminata de regreso para dejarle lugar a los que vienen detrás.

Se llega al Anexo Guazú de la AAP antes de cruzar el segundo puente de Zárate Brazo Largo, tomando desvío a la derecha, pasando por debajo de la Ruta 12 y siguiendo carteles a los recreos Keidel y a la AAP por unos 4 km de camino bien consolidado. Antes de entrar en Keidel, tomar un sendero a la derecha que, en 1.000 metros, nos deja en el ingreso al Anexo Guazú de la AAP, sito en la confluencia exacta del Guazú con el río Talavera. 

De entrada, con la bruma aún sobre el agua y la primera claridad, usamos líneas con boyas con rattlin (attractor la denomina alguna marca), flotadores ruidosos que –como ya venimos comprobando en otras pescas– resultan irritantes para los peces y gatillan piques. Logré, en la primera pasada, un matungo de unos 35 cm, preludio del día que se vendría por delante. Mi compañero Tony enseguida se puso a tiro con otra flecha. Arrancó así una gran jornada.

Sin embargo, sabiendo que en algún momento el pique se iba a retirar, armé una segunda caña, más pesada, de tres tramos, para poder meter una línea bien adentro con un puntero de goma maciza que trabaje semi sumergido.

Esa caña iba a esperar su momento mientras seguíamos con los equipos convencionales de varas de 4 a 4,50 m y reeles tipo 2500 a 4000 cargados con multifilamento de 17 lb (1 lb = 0,453 g). Seguimos metiendo flechas de 25 a 35 cm en profundidades de 15 a 25 cm de brazolada, con mojarras vivas o sandwichito de mojarra viva encarnados en anzuelos del 1 al 3 con remate de filet de pejerrey coloreado de rojo (en este caso encarnamos la mojarra por el ojo, sacamos la lanceta por la cola y de allí colgamos el filet de la parte de la carne, dejando la parte ventral, la más fina, hacia abajo).

Bien adentro
A media mañana, pero ya con una decena de piezas cada uno, pasó lo esperado: se cortó la pesca. Fue el momento en que salió a la cancha la caña más durita, que me permitió meter la línea más adentro y continuar la faena. Perdí sensibilidad, pero continué extrayendo piezas.

En eso, mi compañero Tony clavó algo que saltó, y gritó “¡Dorado!”. Lo fue trayendo con maestría pero el robusto pez no volvió a saltar, más bien buceaba o cabeceaba, por lo que supusimos que se trataba de algún manduví o manduva. Pero, en rigor, cuando estuvo cerca vimos que era un hermoso picopato o cucharón, rareza que junto a un chafalotito sacado minutos más tarde fueron las únicas dos especies logradas (y devueltas) por fuera del pejerrey que fuimos a buscar

Como suele ocurrir, después del mediodía el pique se fue aquietando. Salieron del juego las boyas grandes, pasamos a usar las clásicas esféricas pequeñas. Y con piques más espaciados rendondeamos la faena de unas 20 piezas por gorra hasta que se cortó la pesca por completo a media tarde.

Fue el momento de concretar un tardío almuerzo y pegar la vuelta, rumiando acerca de lo vivido en esta pesca que enamora y cuya temporada recién empieza. Es una bendición para los aficionados orilleros contar con un río como el Paraná Guazú y sus múltiples ofertas pesqueras. Aproveche las semanas que siguen con los pejes y remate el final de temporada con las sardinas al vuelo o los junqueritos, otras pescas que apasionan a muchos aficionados pero que, sin dudas, merecen notas aparte. 

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